Ciudad de México, sábado 15 de octubre del año 2011. Son las 3:40 pm, Gamud y yo nos bajamos en Tacubaya para subir a la línea café que nos lleva hasta la estación Puebla. Hace calor. El aire es más opresivo en ciertas estaciones del Metro. Pero durante el último tramo del recorrido ese peso del microclima subterráneo se va transformado, los vagones suben al exterior y tres estaciones antes de Puebla ya estamos respirando el aire de la superficie.
Afuera de la estación está el Viaducto, que es el contorno de una de las caras del Autódromo. Nosotros nos dirigimos al interior del Autódromo así que empezamos a recorrer sus orillas buscando una entrada. Entonces aparece la Puerta 7, pero es una puerta cerrada al público (y por lo tanto abierta sólo a personal autorizado). Seguimos caminando. Aparece a las Puerta 6. Recibimos un mensaje de texto en el celular. Nos esperan en la Puerta 5. Debemos caminar un poco más. En el camino se nos aparece la boca de la estación Ciudad Deportiva -debimos bajar ahí y no en Puebla. Seguimos caminando hasta que se nos aparece la Puerta 5. Ahí nos encontramos con el Sr. E, y entonces entramos al Autódromo.
Otros tantos minutos de caminata, filas, miles de personas y estamos finalmente frente al escenario. Es campo abierto... en un punto en medio de todo, nos encontramos con el Sr. No, con Den y con Yun; estamos a cien metros del escenario. Suficientes metros. El tiempo es líquido. Nadie sabe cuánto minutos han pasado desde que llegamos, sin embargo parece que han sido muy poco cuando sale Santigold al escenario y empieza a hacer su música mezcla de electrónica, pop art, afro, jamaica y brooklyn. Su música es un gesto que se antoja inmejorable muestra de interconexiones de diferentes discursos culturales (pero decir eso podría ser un poco exagerado ya que los ejemplos son cada vez más numerosos; hace tiempo que ser ejemplo de este multiculturalismo apocalíptico es [ideológicamente o no] la consigna creativa o estética de un número de proyectos que ya no se pueden contar con los dedos de las manos ni de los pies juntos). Nueva York siempre ha sido un prestigioso laboratorio de esas mezclas (más redundancias sobre el halo mítico de NY). En fin, Santigold es el sueño psicotrópico futurista que todo dj o toaster jamaicano de los 80's jamás creyó ver realizado. Y mientras suena la música todos levantan las manos, y todos gritan y se mueven.
Después de Santigold el escenario se queda vacío por largos minutos. El lugar se convierte en una especie de limbo. Vamos a buscar algo de comer. En el camino, Gamud y yo nos enfrentamos a cientos de personas que van en sentido contrario. Es como tratar de pasar encima de una marcha masiva que va en la dirección opuesta a ti... Pero al final encontramos el pabellón de comida. Las filas para cualquiera de las opciones alimentarias es larguísima -al menos media hora de espera. Comprometidos a intercambiar el sufrimiento que trae la espera por unos platos de comida decidimos unirnos a la fila. Pero cuando es nuestro turno nos dicen que ya no hay nada qué comer. Regresamos al pequeño campamento con el Sr. E, el Sr. No, Den y Yun, ya no hay luz solar, y sí hay una constante corriente de aire helado. Sólo hemos conseguido dos vasos de refresco y dos bolsas de papas fritas, todo por 130 pesos.
Lo que sigue es parecido a la percepción que se tiene por la mañana sobre lo soñado en la noche. En algún punto del tiempo (sólo somos testigos de los cambios de luz en el cielo, pero a parte de eso nadie podría decir con seguridad si en verdad están corriendo los minutos, si ahora somos más viejos que antes, o si alguien nos robó o cortó alguno de los segmentos que -se supone- conforman el continuo de nuestras vidas...) el escenario se enciende con Portishead en él y empieza la música. Un beat pesado de hip hop somete a una audiencia que sólo puede gritar. La banda está tocando. El centro del escenario está vacío. Beth Gibbons emerge por un costado -y los gritos suben unos cuantos puntos en la escala de decibeles. Comienza a cantar. El beat nos mese a todos, es una canción de cuna; somos niños dispuestos a la seducción de la música. El flujo de sonido no se detiene, después de un tema sigue otro y otro, y cuando la música porfin deja de sonar por unos minutos, el gentío combate el silencio una vez más con gritos, urgido, pletórico de emociones, de ansiedad, de desahogo (aunque pensándolo bien estamos anegados en la cotemplación, en el sentimiento de llenura o de satisfacción de una necesidad que no sabemos nombrar pero que ha sido la que nos ha traido hasta aquí). Portishead genera tensión y luego la libera, muestra y esconde, tensión-distensión, tensión-distensión, tensión-distensión: se trata del juego de las espectativas, de una concepción particular sobre las posibilidades del goce musical. Los patrones rítmicos de la banda se suspenden una y otra vez en un tiempo caliginoso, acentuan la sensación de marasmo temporal que hemos sentido desde que llegamos a este lugar. Hacia el final suena Glory Box con la calma habitual, con la melancolía que ya conocemos ("give me a reason..."), el pulso a 60 bpm, viene el sólo de guitarra que cita la tradición del blues, y la voz de Gibbons pasa de los potentes estribillos a un adelgazamiento dramático en cada estrofa, su voz es casi inaudible, baja, sube, y luego, de repente, se eleva hasta las palabras "for this is a beginning of forever... and ever!"... una bomba cae en el autódromo, es un timing perfecto, el scratch en las tornamesas rompe todas las frecuencias, y se confirma nuestra participación en un viaje interdimensional. Nuestros pies pisan el suelo, y sin embargo todos flotamos. "Forever and ever" es una frase que retumba en un eco proyectado hacia otro espacio y tiempo, súbitamente la metáfora se vuelve tan pesada que casi nos aplasta. Y entonces, una vez más, despertamos de ese sueño alucinante, casi pesadilla, y la música es otra vez un lugar conocido, como un hogar, confortable, seguro...
La música continua durante un tiempo difícil de definir. El encendido súbito de todo el escenario y de las lámparas al rededor de nosotros nos devuelven a una realidad más palpable. El concierto ha terminado. Sin las miles de personas lo que queda a la vista es un jardín enorme, con pasto pisado, mucha basura y tierra. Emprendemos el camino de regreso hacia la Puerta 5. El evento continúa con The Strokes en un escenario que está en otro lado del autódromo, pero nosotros hemos tenido nuestra dosis por hoy. Mejor vamos a buscar algo qué comer. La ciudad hace ruido. Siempre hace ruido. Hay ecos que parecen indescifrables reverberando en la ciudad. A lo mejor todavía sigue sonando en el aire algo de lo que escuchamos con Portishead. El reloj dice que son 11:13 pm.
La música continua durante un tiempo difícil de definir. El encendido súbito de todo el escenario y de las lámparas al rededor de nosotros nos devuelven a una realidad más palpable. El concierto ha terminado. Sin las miles de personas lo que queda a la vista es un jardín enorme, con pasto pisado, mucha basura y tierra. Emprendemos el camino de regreso hacia la Puerta 5. El evento continúa con The Strokes en un escenario que está en otro lado del autódromo, pero nosotros hemos tenido nuestra dosis por hoy. Mejor vamos a buscar algo qué comer. La ciudad hace ruido. Siempre hace ruido. Hay ecos que parecen indescifrables reverberando en la ciudad. A lo mejor todavía sigue sonando en el aire algo de lo que escuchamos con Portishead. El reloj dice que son 11:13 pm.


